En un momento de mi vida, hace unos
dos años, me resultó prioritario enfrentar la verdad que mi corazón estaba
llorando a gritos, susurrando y suplicándome que oyera: "SOS suficiente,
VALÉS, SOS digna de amor, SOS amor". Fue una noche oscura, estaba sola en
casa, varada en mi cama y llorando tan fuerte que temía que algún vecino me
tocara la puerta. Jamás me había sentido tan sola. Fue tras un par de horas de
llanto y sollozo, cuando aparentemente no quedaba energía para continuar, que
sentí a mi corazón. Estaba allí para mí, como una entidad separada, derramando
su amor incondicional sobre todo mi ser. Esa noche, fue todo lo que hizo falta
para seguir, pero cuando llegó la mañana, el sentimiento que me había calmado
unas horas atrás parecía haber vuelto a esconderse. La única diferencia era que
ahora SABÍA que estaba allí, ahora SABÍA que mi verdad era amor, ahora SABÍA
que ese amor por mí misma era lo único que me daría paz para siempre. Y
entonces me embarqué en el camino de recuperar ese amor para que su presencia
no me dejara jamás, para que su presencia fuera yo. He recorrido un largo
camino desde entonces, y siento que sigo andando. Sin embargo, las herramientas
que vengo usando para avanzar me resultan útiles a diario.
La primera herramienta que
desarrollé fue convertirme en mi propia madre. Toda la paciencia y amor
incondicional que sentía por mi hija era algo de lo que yo también podía
beneficiarme. Es muy fácil amarme tras un logro o en un día particularmente
bueno; son los días en los que hago un berrinche, los días en los que meto la
pata, los días cuando el mundo me refleja todos los aspectos de mí que aún no he
abrazado los que son difíciles. En esos momentos, respiro y me bifurco: mi
corazón se convierte en la mamá amorosa de la niña herida y caprichosa. De esa
manera, es fácil amarme (después de todo, ¿acaso no amo a mi hija con la misma
intensidad cuando ella hace un berrinche? Entonces, ¿por qué no amar a mi niña
interior cuando hace lo mismo?), abrazar e integrar las características menos
populares de mi personalidad.
La siguiente herramienta importante
para regresar al amor por mí misma vino en la caja de un rompecabezas. Armar un
rompecabezas difícil y mirar la imagen completa menos una pieza fue un gran
hallazgo para darme cuenta de cuánto valgo en el rompecabezas universal e
intergaláctico de la existencia. Toda la experiencia fue muy reconfortante, y
si todavía no leíste ese artículo, te invito a buscarlo “Las
enseñanzas del ordenador de almas” en el archivo.
Luego, en otra instancia, alguien me
recordó que también podía reclamar todo el amor que alguna vez le hubiera dado
a los demás. ¡Guau! ¡Eso es MUCHO amor! Pero ¿cómo lo reclamo? ¿Se los quito?
¡Claro que no! Esas preguntas me llevaron a la siguiente analogía: Todo el amor
que alguna vez di es como un archivo que envié por correo electrónico sin haber
visto qué había adentro. Por lo tanto, si busco, todo ese amor está almacenado
en mi corazón como archivos sin abrir en mi disco duro, y puedo sentarme,
respirar, abrirlos ¡y darme una dulce ducha de mi propio amor! ¿Cuántas veces
le di lo mejor de mí a otro? ¿En cuántas vidas? ¿No es hora de degustar la
delicia de mi propio amor? ¡Sí! Así que ahora, cada vez que me siento inferior,
abro algunos de esos archivos y mi calidez me abraza tiernamente.
Más adelante, me recordaron la
importancia de abrazar todo mi ser y permitirme sentir absolutamente todo lo
que surgiera, dejarme sentirlo completamente, sin juzgarlo. Se dice más fácil
de lo que se hace, ¿no? Yo también pensé lo mismo. Sin embargo, en asuntos del
corazón, "pensar" no es lo más acertado. Resulta que en el momento en
que quise ponerlo en práctica, me di cuenta de que todas las herramientas que
venía usando me habían preparado y alistado para esta parte del trayecto. Por ejemplo si una mañana me siento frustrada
(como hace un par de días), esto es lo que hago: tomo nota del sentimiento, me
permito sentirlo, festejo todos sus agregados (como cuando a mi frustración
original se le suma que la conexión a internet está lenta o una llamada
equivocada me interrumpe), escribo al respecto y lo comparto con esos amigos
que entienden lo que estoy haciendo (recordá que no estoy buscando consejos en
esta instancia) mientras el sentimiento cala más y más hondo. Y luego, de
repente, cuando empiezo a reírme de cómo me aliento a seguir, se abre un
espacio, ¡y la frustración ha sido integrada con amor y paciencia!
Entonces, ¿ya llegué? (al lugar que
fuere). No. ¿Estoy más cerca? Sin duda. Por eso comparto estas herramientas con
vos en caso de que te resulten útiles, para que las uses, las modifiques, o te
sirvan para hacerte consciente de las tuyas. Y lo hago ahora porque detesto
cuando la gente me dice que logró algo cuando ya está "del otro lado"
(¡y me amo por detestarlos!), una vez que ya olvidaron cómo lo hicieron; o
peor, esa gente que tiene la suerte de resolverlo todo en un segundo (¡cuánto
los odio a esos también!) y hacen que termine buscando en dónde me equivoqué yo
una vez más. Por eso, porque no quiero que me odies cuando llegue al otro lado,
aquí está mi presente: el proceso paso a paso mientras aún voy cruzando el
puente. Y si por casualidad tenés tus propias herramientas, ¿qué tal
compartirlas conmigo para así poder darnos la mano y cruzar el puente juntos?
