Este fin de semana tuve la oportunidad de escuchar a alguien que contaba cómo celebraba cada juicio u opinión que alguien hacía de ella. Por ejemplo, alguien le había dicho: "A vos yo no te importo, solo te ocupás de vos". A lo que esta persona respondía (no sé si en voz alta o para sí misma, pero la verdad es que da lo mismo): "Sí, además de todo lo que soy, en este momento solo me ocupo de mí, gracias por recordarme que en mi ser ilimitado, también soy eso". Mientras la escuchaba el sábado a la noche, veía muy lejano el momento en que yo llegara a ese nivel de aceptación y disfrute de mí misma. Sin embargo, hacer preguntas parece que sí funciona, y esta mañana, mientras volvía de llevar a mi hija a la escuela, se me ocurrió una analogía que inmediatamente empezó a abrirme muchas puertas y posibilidades.
¿Qué tal si comparamos las emociones, reacciones y actitudes con una ilimitada oferta de gustos de helado en una heladería? Hay muchos sabores, algunos parecidos entre sí con mínimas variantes, los hay de muchos colores, con crema, al agua, aptos para celíacos, reducidos en calorías, y además se los puede elegir combinados, en varios tamaños y modalidades y se los puede acompañar de frutas, grageas y merengues. Cuando vamos a la heladería con amigos, cada uno elige la combinación que apetece en ese momento, sin tener en cuenta lo que piden los demás. Algunos siempre eligen lo mismo, mientras que otros varían según el momento. Hay quienes eligen e incluso juzgan lo que eligen, y otros que simplemente lo disfrutan. Cuando alguien elige un sabor que a mí no me gusta, no impide que yo disfrute del que elegí y tampoco juzgo la elección que hizo el otro, ¿verdad? A veces puedo convidar o pedir de probar lo que eligió el otro.
¿Y si la elección de emociones, reacciones y actitudes fuera igual que elegir un helado? ¿Y si pudiera elegir y cambiar de sabores con total facilidad, flexibilidad y libertad? ¿Y si cuando otra persona elige algo distinto a lo que elijo yo, simplemente observo la elección como distinta a la mía, pero no la juzgo ni la catalogo de buena o mala?
¿Y si la elección de emociones, reacciones y actitudes fuera igual que elegir un helado? ¿Y si pudiera elegir y cambiar de sabores con total facilidad, flexibilidad y libertad? ¿Y si cuando otra persona elige algo distinto a lo que elijo yo, simplemente observo la elección como distinta a la mía, pero no la juzgo ni la catalogo de buena o mala?
Por ejemplo, hoy elijo estar alegre, y si quienes me rodean elijen enojarse o estar tristes, simplemente entiendo que es su elección, y que no tiene por qué afectar la mía. Solo la afectará si elijo probar con mi cucharita un poco del enojo y la tristeza del helado ajeno. Pero también puedo dejar mi cucharita en mi "alegría" y quizá probar un poco del que para hoy eligió "paz" o "amor". De esta manera, no hace falta cuidarse, protegerse ni alejarse de los sabores que no elegimos, simplemente debemos ser conscientes del que elegimos nosotros y estar atentos a cuáles elegimos probar o compartir. Y si probé el de "angustia" y no me gustó, vuelvo a mi sabor de "alegría" y listo. Podría decirle al que eligió "miedo" que el sabor "amor" es más sabroso para mí, pero la decisión de probarlo es del otro, y no se trata de que yo se lo dé a probar contra su voluntad (se me ocurre la imagen del cucurucho en la frente o la de la cara en la torta al estilo de Los tres chiflados...).
¿Y si de verdad fuera tan simple? ¿Y si de verdad fuera tan fácil dejar de juzgar y juzgarnos? ¿Y si solo se trata de elegir con conciencia? Así que hoy elijo helado de alegría y confianza, con una lluvia de grageas de amor y una cucharita con una sonrisa dibujada. ¿Querés probar?
¡Hasta la próxima!
Copyright © 2012 – Carolina Iglesias – Permitida su distribución gratuita siempre que se citen la autora y la fuente.

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