“Los hijos son nuestros maestros” reza un proverbio popular,
y compruebo su veracidad día a día.
Mi hija me enseña con su risa y
su inocencia, sí, claro, y con sus comentarios insólitos y creativos también.
Pero además, mi hija me enseña mucho cuando no entiende las reglas arbitrarias
de una realidad distorsionada, cuando cuestiona esas cosas que nunca se me
ocurrieron cuestionar.
Mi hija me enseña sobre paciencia
con cada uno de sus berrinches y sobre la importancia de mi presencia con cada día
de “mamitis” disfrazado de dolor de panza. Mi hija me enseña sobre mi capacidad
de amor incondicional cuando compruebo que no hay nada que ella haga o deje de
hacer que impida que mi amor por ella se expanda cada día, con cada amanecer,
independientemente de si va acompañado por una sonrisa o un sueño malhumorado.
Mi hija me enseña cuáles son los verdaderos valores de mi esencia, mi
compromiso con la verdad y mi rol como guía de turismo en un mundo que mucho
tiene de disparatado. Me permite ser vulnerable, sensible y pasional. Mi hija
me enseña sobre mi capacidad de recibir, sobre todo cuando en un “mal día” ella
me ofrece un comentario que me invita a reír y respirar aliviada. Con ella aprendo sobre mi
creatividad, cuando ante una situación aparentemente dramática, me surge un
personaje o un juego capaz de transformar el momento en un instante.
Mi hija me enseñó a reconciliarme
con mi niña interior y con cada una de las partes que me habitan. Gracias a
ella, mi niña interior está libre y puede expresarse a diario, con el
agradecido permiso que nos da hacer locuras cuando vamos acompañados de un niño
(¿de qué otra manera podría cantar impunemente en el colectivo, gritar como
loca cuando sopla un viento fuerte, o jugar y reír en una sala de espera?).
Mi hija me enseña sobre mí desde
el preciso momento de su concepción y elijo ser consciente de cada una de las
lecciones, en especial de aquellas que nadie me enseñó a ver.
¡GRACIAS, hijita hermosa, por
elegirme como compañera en esta aventura! Con una lágrima de emoción y una
sonrisa que me llega a las orejas, te digo un “te amo” más y espero ansiosa el
próximo momento que nos encuentre juntas.

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