La parte más difícil era abrazar el estancamiento. Comencé dibujando un mandala. Más tarde, reflexioné que estaba en un bote en medio del océano y que no había una gota de viento. Que mis intentos de llegar a alguna parte eran tan vanos como intentar moverme soplando o usando las manos de remos. A la noche me encontré con esta foto en Facebook:
La foto me cambió la perspectiva. ¡Qué bueno estar en este bote, quieta, disfrutando del paisaje! En calma, sin nada que hacer más que esperar a que sople el viento y me lleve. Al día siguiente, en mi meditación matinal, miraba desde el bote en todas direcciones y aparecían múltiples y atractivos destinos. Me di cuenta de que si dependiera de mí, sería muy difícil elegir uno o trazar la hoja de ruta para explorarlos todos. Fue entonces que un destello de luz me iluminó: ¡qué bueno que esa sea tarea del viento! Qué alivio que yo solo deba esperar, con la plena confianza y certeza de que el viento en algún momento va a soplar y se va a encargar de llevarme a mi próximo destino de dicha y aprendizaje. Y así, sin mucho más, encontré la confianza que venía jugando a las escondidas conmigo. Y aquí estoy, en mi bote, rodeada de belleza, el sol entibia mi piel, y la confianza encontrada me trae la calma que necesito para este momento de quietud. Respiro, sonrío y agradezco.
¡Hasta la próxima!

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