lunes, 18 de junio de 2012

Aprendiendo a leer, ¡otra vez!


Mi hija, Annika, está aprendiendo a leer. Cada cartel, cada etiqueta es una ocasión para probar el desarrollo de sus nuevas habilidades. La chispa de alegría en sus ojos verdes ante este incipiente mundo nuevo hace posible lo que parecía imposible: mi amor por ella sigue creciendo, se expande. Estoy colmada de gratitud por esta maravillosa oportunidad de ser testigo del emocionante proceso.

Esta mañana eligió un libro sobre magos y princesas y lo llevó a la mesa del desayuno. Después de devorarse el café con leche con galletitas y mientras yo seguía sorbiendo mi té caliente con aroma a canela, empezó a leer. Una vez más, mi corazón palpitaba, alentándola, saboreando cada articulación de las sílabas. Está en una etapa en la que todavía está insegura respecto del sonido correcto de la "c", y no entiende bien cómo operan la "q" y la "g" más la "u".  Yo estaba igual de feliz con sus aciertos como con sus faltas, y mi corazón aplaudía cada vez que ella se corregía sola. Fue precisamente por eso que no sentí el impulso de corregirla. Y porque, como profesora, sé que los llamados "errores" son recursos valiosos en todo proceso de aprendizaje. Pero por sobre todo, estoy ciento por ciento seguraconvencida de que son cosas que tarde o temprano va a aprender.

Fue exactamente en medio de todos esos pensamientos y sentimientos que pude esbozar otra analogía con ser mi propia madre. En tanto mi madre, que estoy en el proceso de recuperar mi autoestima. Estoy aprendiendo a leer y seguir las señales en la ruta de regreso a estar totalmente consciente del valor de mi alma, en el sendero de recordar quién soy realmente. También estoy segura del resultado: voy a llegar, sin duda, pase lo que pase, a mi propio ritmo. No hay nada que vaya a hacerme rendir; es el próximo peldaño que debo subir a fin de continuar con otras cosas; mi éxito es tan inevitable como el de Annika en su aprendizaje a leer y escribir. 

Y una vez más, encontré un nuevo cimiento en donde resolver cualquier emoción de duda y temor que pueda surgir. Cada vez que eso suceda, solo debo conectarme con esa certeza para iluminar dichas emociones; así sanan y se desvanecen, dejándome espacio para rejocijarme con mi proceso y celebrarlo también.

Por lo tanto, mientras la madre sabe todo esto y observa con amor y paciencia, la hija puede simplemente disfrutar el trayecto, llena de confianza y seguridad en sí misma, totalmente despreocupada. Caminar, correr, tropezar, caer, llorar, levantarse, continuar, saltar, volver a caer, reír, levantarse, limpiarse las rodillas, caminar hacia atrás, reír un poco más: ¡todo vale! Mi hija interior puede andar su camino con soltura y entusiasmo, con la plena certeza de que -como suele suceder- mamá sabe más J

Copyright © 2012 – Carolina Iglesias – Permitida su distribución gratuita siempre que se citen la autora y la fuente. 

viernes, 8 de junio de 2012

I will survive...!



Uno de los pasatiempos preferidos de mi niñez era escuchar música y aprenderme las canciones de memoria. Mamá lo había advertido y me compraba discos nuevos con bastante frecuencia. Tuve mucha suerte porque estuve expuesta a canciones muy hermosas hechas especialmente para niños (Julieta Magaña, Cantaniño, Jovita Díaz, ¿te acordás?). Con cada canción, imaginaba mi propio videoclip, (¡una verdadera adelantada a MTV!). Las letras sobre la amistad, el poder de la imaginación y los mundos utópicos gobernados por niños provocaban las fantasías más vívidas, me transportaban a soñar de una forma mucho más poderosa que los libros.

El tiempo pasó y llegué a la adolescencia. Mi gusto musical empezó a cambiar y muy pronto mi abanico musical se amplió para incluir canciones en inglés. También coincidió con la explosión pop de los años ochenta: la combinación de estribillos pegadizos y ritmos llenos de vida me resultaba celestial. Pero había un problema: no entendía las letras. De pronto, todos los sermones de papá sobre la importancia de estudiar inglés tenían un propósito: ahora quería estudiar el idioma en serio para poder entender de qué trataban mis canciones favoritas.

Fue así que empecé a crear mi propia base de datos con letras de canciones. Presionaba hasta el infinito los botones “adelantar” y “retroceder” de mi “pasacassette” (mejor te digo mi edad de una vez y ya, ¿no?) intentando descifrar cada palabra. Debo decir que no era una tarea sencilla. Dejaba espacios en blanco donde me faltaban palabras y subrayaba los segmentos de los cuales no estaba segura. Revisaba mis archivos regularmente, y poco a poco pude empezar a completar algunas de las canciones. No te imaginás la emoción y la alegría que sentí la primera vez que completé una, y la sensación de logro cada vez que entendía una línea complicada. Entre las que aún recuerdo está “It’s like a knight in shining armor, from a long time ago” de “The Glory of Love” de Peter Cetera. Solo un no nativo sabe lo difícil que le resulta eso a un estudiante de nivel intermedio.

Esta mañana cuando meditaba en mi elíptico, me vino a la memoria cómo fue que completé “I will survive” de Gloria Gaynor. Había luchado con la primera línea del segundo verso durante muchísimo tiempo; a pesar de mi empeño, me resultaba imposible de entender. Y una noche, estando en el baño preparándome para ir a una fiesta, esa canción empezó a sonar en la radio. Me puse a cantarla como una loca preparándome para callarme cuando llegara la línea misteriosa. En el momento exacto en que me estaba poniendo rímel en el ojo izquierdo, me callé y escuché claramente: “It took all the strength I had” (Hizo falta toda mi fuerza). Fue una felicidad rotunda. Me apresuré a mi cuarto y la anoté en un papelito por miedo a olvidarla. La única pena era que no tenía a nadie con quien compartir mi hazaña, simplemente porque nadie entendía mi pasión ni lo mucho que había luchado con esa línea.

Después de la meditación, me pareció curioso haber recordado todo eso hoy, después de tantos años, y sin embargo… Luego volví sobre la frase completa: "Hizo falta toda mi fuerza para no desmoronarme…" Y en ese instante, se repitió la felicidad rotunda de aquel momento. No solo había sobrevivido todas las dificultades desafiantes entre ese momento y este, sino que lo había logrado como resultado de haber reunido todas mis fuerzas una y otra vez. Sentí que la adulta que soy hoy se encontró por un instante con la adolescente soñadora de entonces, y con mucho amor le dije: “Bien hecho, chiquita, aferrate a esas palabras porque muy pronto adoptarán un significado totalmente distinto. Pero no tengas miedo, porque tu luz es la armadura brillante que te ayudará a sortear todos los obstáculos y se asegurará de que sobrevivas. Yo soy la prueba viva de eso”.

Copyright © 2012 – Carolina Iglesias – Permitida su distribución gratuita siempre que se citen la autora y la fuente.

jueves, 7 de junio de 2012

Ser hija de mí misma


Creo que encontré oro. Soy muy consciente de que mi mayor lucha en esta vida es conquistar mi autovaloración. Cuando me enfrenté cara a cara con ese hecho, el primer consejo que leí fue que debía crear afirmaciones poderosas para revertir el patrón. Cada vez que descubría una emoción que reflejaba mi baja autoestima, me defendía con uñas y dientes haciendo uso de una afirmación convincente con la esperanza de que la incomodidad se desvaneciera. Me pregunto si alguna vez pasaste por lo mismo. En mi caso, no funcionó. Es más, me dejó aún más descorazonada que antes porque ahora había algo más en lo que había fracasado.
No obstante, si alguna vez luchaste con tu propia autoestima, sabés lo dolorosísimo que es oír tu propia voz criticándote sin un ápice de compasión por el esfuerzo que ponés en todo. Lo curioso, sin embargo, es que de alguna manera, en algún lugar, presentía que yo tenía un valor especial, pero a esa certeza le encantaba jugar a las escondidas, y la mayoría de las veces, su mayor diversión era permanecer oculta y apostar cuánto tiempo me llevaría descubrir su escondite secreto.
Algún tiempo atrás, me di cuenta de que me sentía segura en mi capacidad de madre-padre (siendo una mamá sola, sé positivamente que el crédito de la crianza de mi hija es SOLO MÍO). La intuición maternal de nutrir, apoyar y amar incondicionalmente a mi hija se me daba naturalmente, y con la ayuda de unos pocos libros bien elegidos, pronto entendí el valor de establecer límites claros de forma amorosa pero firme. Entonces pensé: “¿Y si empiezo a construir mi autoestima sobre la certeza de que soy una madre excelente (¡no dije perfecta!)? ¿Y si para encontrar la compasión y el apoyo que busco afuera casi con desesperación recurro a la madre sabia que me habita?” Al principio me pareció un poco descabellado, pero con el correr de los días, empecé a ponerlo en práctica. ¿Y adiviná qué? ¡Empezó a funcionar!
Ahora cada vez que me detecto maltratándome, me detengo un momento y adopto la función de madre-padre. Me digo algo como: “Sé que estás [enojada, molesta, triste, desilusionada, completalo como quieras], y sé que duele. Te amo con todo mi corazón y estoy acá para sostenerte hasta que pase el dolor. Llorá si tenés ganas, te amo incondicionalmente”. Al hacerlo, lo primero que sucede es que paro en seco las palabras de desprecio; y acto seguido, me recuerda que mi parte más sabia cree que soy valiosa (¡y quién soy yo para discutir con ella!). Y mientras escribo estas líneas, caigo en la cuenta de que con este cambio interior, la certeza evasiva que se divertía tanto escondiéndose disfruta más adoptando el nuevo papel parental que le asigné. Así que pienso continuar con esta estrategia para ver adónde me lleva. ¡No te pierdas mis próximas epifanías!
 ¡Hasta la próxima!
Copyright © 2012 – Carolina Iglesias – Permitida su distribución gratuita siempre que se citen la autora y la fuente. 

viernes, 1 de junio de 2012

Experimento quietud

Ayer se cumplió el mes en el que me había propuesto no hacer "nada" en relación a mi situación económica y laboral. Si no hubiera registrado en mi diario lo que fue ocurriendo día por día, sería imposible recordar todas las cosas que me pasaron. Aparentemente podría decirse que no pasó nada. Sin embargo, desde mi punto de vista (que a esta altura es el único que me importa), la avalancha de sucesos sigue conmoviéndome e inspirándome.

Empecé muy tranquila porque tenía 30 días enteros por delante para que el Universo obrara su milagro en mí, después de todo, todos los mensajes habían sido muy claros en que debía dejar de buscar en el mismo lugar y de la misma manera. Además, ya había empezado a sentir que era hora de hacer un cambio, de elegir otro camino, pero no tenía ninguno visible por delante.

El primer día recibí un sueño que actuó como un rayo y destruyó unos cuantos límites autoimpuestos (¿te diste cuenta de que esos son los únicos que realmente limitan?). Un par de días más tarde, una publicación de un contacto de Facebook me llevó a buscar más información sobre la canalizadora del mensaje y me inscribí en su newsletter. Al día siguiente me enteré de una meditación global de 40 días por nuestros niños, y ya vamos por el día 20 (increíble la energía que siento sabiéndome una de las 11.200 personas que la estamos haciendo). El día 5 de mayo pasó algo que no me esperaba y que no habría podido predecir, mucho menos pedir: a mi casilla de correo llegó una invitación a participar de un teleseminario para autores de libros de transformación que parecía hecho especialmente para mí. Durante diez días, escuché por internet a veintidós seres maravillosos e inspiradores que compartieron generosamente (¿te dije que era gratis?) sus historias, métodos y consejos, además de libros electrónicos y un montón de material relevante. Con la disciplina que me caracteriza, me senté cada tarde junto a mi PC, bloc de hojas en mano, y tomé apuntes con la dedicación que lo hacía en la facultad, con la diferencia que en esta oportunidad, varios profesores tuvieron la capacidad de conmoverme hasta las lágrimas más de una vez. Promediando el curso tuve la visión reveladora: ¡no estoy estancada, es solo que el bote no va para donde mi ego quiere! Eso me devolvió la alegría para seguir adelante, maravillándome con el camino que se iba iluminando ante mis ojos.

Es así que, treinta días después de mi "experimento" y habiendo superado las pruebas del eclipse (¿vos también las recibiste?), empiezo junio con un nuevo proyecto que ya tiene nombre, contenido y forma. Además adquirí herramientas para dar los primeros pasos y hasta tengo algunas para poner en práctica cuando ya esté en marcha. Ya tengo una hoja de ruta trazada y confío plenamente en que sabré leer las señales que aparezcan. En el silencio tuve la bendición de ver mi camino y descubrir cuál es la transformación que ya empezó a manifestarse en mí.

Por lo tanto, no solo declaro el experimento como súper exitoso, sino que además me propongo continuar fluyendo a donde mi bote vaya. Ahora sé que a mi bote no lo mueve el viento, navega certero en dirección a lo que la energía de mi corazón atrae. Por lo pronto, la meditación con tambores y música de hace un rato me llevó a un lugar muy parecido a este:


¡Hasta la próxima!