Mi hija, Annika, está aprendiendo a leer. Cada cartel, cada etiqueta es una ocasión para probar el desarrollo de sus nuevas habilidades. La chispa de alegría en sus ojos verdes ante este incipiente mundo nuevo hace posible lo que parecía imposible: mi amor por ella sigue creciendo, se expande. Estoy colmada de gratitud por esta maravillosa oportunidad de ser testigo del emocionante proceso.
Esta mañana eligió
un libro sobre magos y princesas y lo llevó a la mesa del desayuno. Después de
devorarse el café con leche con galletitas y mientras yo seguía sorbiendo mi té
caliente con aroma a canela, empezó a leer. Una vez más, mi corazón palpitaba,
alentándola, saboreando cada articulación de las sílabas. Está en una etapa en la
que todavía está insegura respecto del sonido correcto de la "c", y
no entiende bien cómo operan la "q" y la "g" más la
"u". Yo estaba igual de feliz
con sus aciertos como con sus faltas, y mi corazón aplaudía cada vez que ella
se corregía sola. Fue precisamente por eso que no sentí el impulso de
corregirla. Y porque, como profesora, sé que los llamados "errores"
son recursos valiosos en todo proceso de aprendizaje. Pero por sobre todo,
estoy ciento por ciento segura y
convencida de que son cosas que tarde o temprano va a
aprender.
Fue exactamente
en medio de todos esos pensamientos y sentimientos que pude esbozar otra
analogía con ser mi propia madre. En tanto mi madre, sé que estoy en el
proceso de recuperar mi autoestima. Estoy aprendiendo a leer y seguir las
señales en la ruta de regreso a estar totalmente consciente del valor de mi
alma, en el sendero de recordar quién soy realmente. También estoy segura
del resultado: voy a llegar, sin duda, pase lo que pase, a mi
propio ritmo. No hay nada que vaya a hacerme rendir; es el próximo peldaño que
debo subir a fin de continuar con otras cosas; mi éxito es tan inevitable como
el de Annika en su aprendizaje a leer y escribir.
Y una vez más, encontré un
nuevo cimiento en donde resolver cualquier emoción de duda y temor que pueda
surgir. Cada vez que eso suceda, solo debo conectarme con esa certeza para
iluminar dichas emociones; así sanan y se desvanecen, dejándome espacio para
rejocijarme con mi proceso y celebrarlo también.
Por lo tanto,
mientras la madre sabe todo esto y observa con amor y paciencia, la hija puede
simplemente disfrutar el trayecto, llena de confianza y seguridad en sí misma,
totalmente despreocupada. Caminar, correr, tropezar, caer, llorar, levantarse,
continuar, saltar, volver a caer, reír, levantarse, limpiarse las rodillas,
caminar hacia atrás, reír un poco más: ¡todo vale! Mi hija interior puede andar
su camino con soltura y entusiasmo, con la plena certeza de que -como suele
suceder- mamá sabe más J.
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2012 – Carolina Iglesias – Permitida su distribución gratuita siempre que se
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