Creo que encontré
oro. Soy muy consciente de que mi mayor lucha en esta vida es conquistar mi
autovaloración. Cuando me enfrenté cara a cara con ese hecho, el primer consejo
que leí fue que debía crear afirmaciones poderosas para revertir el patrón. Cada
vez que descubría una emoción que reflejaba mi baja autoestima, me
defendía con uñas y dientes haciendo uso de una afirmación convincente con la esperanza de que la
incomodidad se desvaneciera. Me pregunto si alguna vez pasaste por lo mismo. En
mi caso, no funcionó. Es más, me dejó aún más descorazonada que antes porque
ahora había algo más en lo que había fracasado.
No obstante, si
alguna vez luchaste con tu propia autoestima, sabés lo dolorosísimo que es oír tu
propia voz criticándote sin un ápice de compasión por el esfuerzo que ponés en
todo. Lo curioso, sin embargo, es que de alguna manera, en algún lugar,
presentía que yo tenía un valor especial, pero a esa
certeza le encantaba jugar a las escondidas, y la mayoría de las veces,
su mayor diversión era permanecer oculta y apostar cuánto tiempo me llevaría
descubrir su escondite secreto.
Algún
tiempo atrás, me di cuenta de que me sentía segura en mi capacidad de
madre-padre (siendo una mamá sola, sé positivamente que el crédito de la
crianza de mi hija es SOLO MÍO). La intuición maternal de nutrir, apoyar y amar incondicionalmente a mi hija se me daba naturalmente, y con la ayuda de unos pocos libros bien
elegidos, pronto entendí el valor de establecer límites claros de forma amorosa
pero firme. Entonces pensé: “¿Y si empiezo a construir mi autoestima sobre la
certeza de que soy una madre excelente (¡no dije perfecta!)? ¿Y si para
encontrar la compasión y el apoyo que busco afuera casi con desesperación
recurro a la madre sabia que me habita?” Al principio me pareció un poco
descabellado, pero con el correr de los días, empecé a ponerlo en práctica. ¿Y adiviná
qué? ¡Empezó a funcionar!
Ahora cada vez
que me detecto maltratándome, me detengo un momento y adopto la función de
madre-padre. Me digo algo como: “Sé que estás [enojada, molesta, triste, desilusionada,
completalo como quieras], y sé que duele. Te amo con todo mi corazón y estoy
acá para sostenerte hasta que pase el dolor. Llorá si tenés ganas, te amo
incondicionalmente”. Al hacerlo, lo primero que sucede es que paro en seco las
palabras de desprecio; y acto seguido, me recuerda que mi parte más sabia cree
que soy valiosa (¡y quién soy yo para discutir con ella!). Y mientras
escribo estas líneas, caigo en la cuenta de que con este cambio interior, la certeza
evasiva que se divertía tanto escondiéndose disfruta más adoptando el nuevo papel
parental que le asigné. Así que pienso continuar con esta estrategia para ver adónde me lleva. ¡No te pierdas mis próximas
epifanías!
¡Hasta la
próxima!
Copyright © 2012 –
Carolina Iglesias – Permitida su distribución gratuita siempre que se citen la
autora y la fuente.
Ya lo había leído, Caro, pero volver a leerlo me encantó!!!
ResponderEliminarGRACIAS!!!