Uno de
los pasatiempos preferidos de mi niñez era escuchar música y aprenderme las
canciones de memoria. Mamá lo había advertido y me compraba discos nuevos con
bastante frecuencia. Tuve mucha suerte porque estuve expuesta a canciones muy
hermosas hechas especialmente para niños (Julieta Magaña, Cantaniño, Jovita
Díaz, ¿te acordás?). Con cada canción, imaginaba mi propio videoclip, (¡una
verdadera adelantada a MTV!). Las letras sobre la amistad, el poder de la
imaginación y los mundos utópicos gobernados por niños provocaban las fantasías más
vívidas, me transportaban a soñar de una forma mucho más poderosa que los
libros.
El
tiempo pasó y llegué a la adolescencia. Mi gusto musical empezó a cambiar y
muy pronto mi abanico musical se amplió para incluir canciones en inglés. También
coincidió con la explosión pop de los años ochenta: la combinación de
estribillos pegadizos y ritmos llenos de vida me resultaba celestial. Pero
había un problema: no entendía las letras. De pronto, todos los sermones de
papá sobre la importancia de estudiar inglés tenían un propósito: ahora quería
estudiar el idioma en serio para poder entender de qué trataban mis canciones
favoritas.
Fue
así que empecé a crear mi propia base de datos con letras de canciones. Presionaba hasta el infinito los
botones “adelantar” y “retroceder” de mi “pasacassette” (mejor te digo mi edad
de una vez y ya, ¿no?) intentando descifrar cada palabra. Debo decir que no era
una tarea sencilla. Dejaba espacios en blanco donde me faltaban palabras y
subrayaba los segmentos de los cuales no estaba segura. Revisaba mis archivos
regularmente, y poco a poco pude empezar a completar algunas de las canciones.
No te imaginás la emoción y la alegría que sentí la primera vez que completé
una, y la sensación de logro cada vez que entendía una línea complicada. Entre las que aún
recuerdo está “It’s like a knight in shining armor, from a long time ago”
de “The Glory of Love” de Peter Cetera. Solo un no nativo sabe lo difícil que le
resulta eso a un estudiante de nivel intermedio.
Esta
mañana cuando meditaba en mi elíptico, me vino a la memoria cómo fue que
completé “I will survive” de Gloria Gaynor. Había luchado con la primera línea
del segundo verso durante muchísimo tiempo; a pesar de mi empeño, me resultaba
imposible de entender. Y una noche, estando en el baño preparándome para ir a
una fiesta, esa canción empezó a sonar en la radio. Me puse a cantarla como una
loca preparándome para callarme cuando llegara la línea misteriosa. En el momento
exacto en que me estaba poniendo rímel en el ojo izquierdo, me callé y escuché
claramente: “It took all the strength I had” (Hizo falta toda mi fuerza). Fue
una felicidad rotunda. Me apresuré a mi cuarto y la anoté en un papelito por
miedo a olvidarla. La única pena era que no tenía a nadie con quien compartir
mi hazaña, simplemente porque nadie entendía mi pasión ni lo mucho que había
luchado con esa línea.
Después
de la meditación, me pareció curioso haber recordado todo eso hoy, después de
tantos años, y sin embargo… Luego volví sobre la frase completa: "Hizo falta
toda mi fuerza para no desmoronarme…" Y en ese instante, se repitió la felicidad
rotunda de aquel momento. No solo había sobrevivido todas las dificultades desafiantes entre ese
momento y este, sino que lo había logrado como resultado de haber reunido todas
mis fuerzas una y otra vez. Sentí que la adulta que soy hoy se encontró por un
instante con la adolescente soñadora de entonces, y con mucho amor le dije: “Bien
hecho, chiquita, aferrate a esas palabras porque muy pronto adoptarán un
significado totalmente distinto. Pero no tengas miedo, porque tu luz es la armadura
brillante que te ayudará a sortear todos los obstáculos y se asegurará de que
sobrevivas. Yo soy la prueba viva de eso”.
Copyright
© 2012 – Carolina Iglesias – Permitida su distribución gratuita siempre que se
citen la autora y la fuente.

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