jueves, 7 de junio de 2012

Ser hija de mí misma


Creo que encontré oro. Soy muy consciente de que mi mayor lucha en esta vida es conquistar mi autovaloración. Cuando me enfrenté cara a cara con ese hecho, el primer consejo que leí fue que debía crear afirmaciones poderosas para revertir el patrón. Cada vez que descubría una emoción que reflejaba mi baja autoestima, me defendía con uñas y dientes haciendo uso de una afirmación convincente con la esperanza de que la incomodidad se desvaneciera. Me pregunto si alguna vez pasaste por lo mismo. En mi caso, no funcionó. Es más, me dejó aún más descorazonada que antes porque ahora había algo más en lo que había fracasado.
No obstante, si alguna vez luchaste con tu propia autoestima, sabés lo dolorosísimo que es oír tu propia voz criticándote sin un ápice de compasión por el esfuerzo que ponés en todo. Lo curioso, sin embargo, es que de alguna manera, en algún lugar, presentía que yo tenía un valor especial, pero a esa certeza le encantaba jugar a las escondidas, y la mayoría de las veces, su mayor diversión era permanecer oculta y apostar cuánto tiempo me llevaría descubrir su escondite secreto.
Algún tiempo atrás, me di cuenta de que me sentía segura en mi capacidad de madre-padre (siendo una mamá sola, sé positivamente que el crédito de la crianza de mi hija es SOLO MÍO). La intuición maternal de nutrir, apoyar y amar incondicionalmente a mi hija se me daba naturalmente, y con la ayuda de unos pocos libros bien elegidos, pronto entendí el valor de establecer límites claros de forma amorosa pero firme. Entonces pensé: “¿Y si empiezo a construir mi autoestima sobre la certeza de que soy una madre excelente (¡no dije perfecta!)? ¿Y si para encontrar la compasión y el apoyo que busco afuera casi con desesperación recurro a la madre sabia que me habita?” Al principio me pareció un poco descabellado, pero con el correr de los días, empecé a ponerlo en práctica. ¿Y adiviná qué? ¡Empezó a funcionar!
Ahora cada vez que me detecto maltratándome, me detengo un momento y adopto la función de madre-padre. Me digo algo como: “Sé que estás [enojada, molesta, triste, desilusionada, completalo como quieras], y sé que duele. Te amo con todo mi corazón y estoy acá para sostenerte hasta que pase el dolor. Llorá si tenés ganas, te amo incondicionalmente”. Al hacerlo, lo primero que sucede es que paro en seco las palabras de desprecio; y acto seguido, me recuerda que mi parte más sabia cree que soy valiosa (¡y quién soy yo para discutir con ella!). Y mientras escribo estas líneas, caigo en la cuenta de que con este cambio interior, la certeza evasiva que se divertía tanto escondiéndose disfruta más adoptando el nuevo papel parental que le asigné. Así que pienso continuar con esta estrategia para ver adónde me lleva. ¡No te pierdas mis próximas epifanías!
 ¡Hasta la próxima!
Copyright © 2012 – Carolina Iglesias – Permitida su distribución gratuita siempre que se citen la autora y la fuente. 

1 comentario: