Cada día me sorprendo más de lo cierto que es el hecho de que nuestros hijos vienen a mostrarnos en el más claro y dulce espejo toda nuestra sombra y las heridas que necesitamos sanar.
Hace unos días escribí algo en mi cuaderno que nunca llegó a este blog. Reflexionaba sobre mi propia desvalorización y cómo tanta gente y situaciones me lo habían reflejado a lo largo de mi vida. Llegaba a la dolorosa conclusión de que los comentarios más hirientes y punzantes habían sido los ecos que yo misma había aceptado, repetido y magnificado. A partir del reconocimiento de tal maltrato hacia mí, con la toma de conciencia empecé a tomar también actitudes correctivas de perdón y amor para empezar a sanar heridas tan profundas. No sé si a modo de examen, trabajo práctico o clase especial, mi hija vino hoy con un espejo que revelaba una verdad tan cruda como la del espejito mágico de la bruja de Blancanieves (debe ser pura coincidencia que actualmente la ciudad esté empapelada con los afiches de película "Espejito, espejito" y que la edad me dé más para identificarme con la bruja que con la princesa, pero son solo detalles).
Estábamos dibujando juntas cuando me pidió que le dibujara un corazón en su hoja, como suele hacerlo. Acto seguido empezó a decir que a ella no le salían bien los corazones, que era una tarada porque no los hacía bien, que sus corazones eran horribles, que NUNCA iba a poder dibujar bien los corazones, y que ella era la única en el mundo a la que no le salían bien los corazones. Esas palabras y esa actitud no hace falta que les cuente de dónde pudo haberlas copiado, aunque en mi defensa debo decir que han sido pocas las veces que ella me ha visto en un estado similar. De todas maneras, parece que alcanzaron (¡no es joda que los chicos aprenden de lo que hacemos, no de lo que decimos!). A pesar del dolor que me producía escucharla, sabía que alabar sus corazones no serviría de nada. Tenía que dejarla expresarse y abrazarla con mucha ternura antes de poder llevarla a la reflexión. Y eso es lo que hice. Acoto acá que hacer esto con una nena es mucho más sencillo que hacerlo con una parte de mí misma, ya que es una situación mucho más concreta y muy pronto se puede ver si 'el remedio' dio resultado.
Dejamos de dibujar, la llevé a la cama, me acosté a su lado y la abracé. Cuando se tranquilizó un poco, le dije que esas cosas feas que se decía a sí misma dolían mucho, que no importaba lo bien que la tratara yo, si ella se maltrataba iba a seguir sufriendo. Enseguida (les juro que fue inmediato) empezó a decir que era verdad, que se había lastimado mucho, y juntas pedimos perdón y nos dijimos lo mucho que nos amábamos. Me quedé a su lado hasta que se quedó dormida, y mientras disfrutaba de ese momento de tenerla segura entre mis brazos, no pude evitar ver la ironía de que el disparador había sido el dibujo de un corazón...
¡Hasta la próxima!
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