En los últimos días todo me indica que tengo que "soltar" y "confiar" (o "bajar un cambio", en perfecto porteño). Para una buena alumna, cumplidora y disciplinada como yo, se trata del mayor desafío hasta el momento, ya que se trata de "no hacer", de distraerme con otra cosa. Por suerte tengo alguna parte aliada que, confabulada con mi yo más sabio, logró que ayer optara por comenzar a leer una novela que casualmente me prestó una amiga hace unos días. (Una vez que haya terminado la novela, me detendré a analizar el "casualmente"). Esta mañana, de todas maneras, trabajé con el "soltar" y "confiar" subida a mi fiel elíptico (no vaya a ser que justo ahora que estoy despertando, una pereza sabatina me lleve otra vez a dormirme).
Sin embargo, el remate llegó esta tarde cuando llevé a mi hija al teatro a ver Mamma Mia! En el instante en que a mi peque se le iluminó la carita de fascinación por el colorido y la música de la puesta en escena, toqué piso y todo el resto desapareció. Mágicamente estaba en el presente, contundente e inevitable. En un momento la miré, y estaba toda iluminada: tenía a mi propio ángel en la piel de mi hija sentada en la falda. Más allá de que son todas canciones que me sé con puntos y comas en inglés y en español (de cuando ABBA cantaba en español y yo no sabía inglés) y de que son melodías pegadizas y animadas, el argumento de la obra tiene demasiados puntos en común con mi historia: una madre soltera criando a su hija, trabajando duramente para mantenerla, orgullosa de su tarea, tremendamente sola y con un espíritu joven y alegre que debe quedar en un baúl debajo la cama, relegado frente al baúl de responsabilidades, mucho más oscuro y pesado. Claro que la obra termina maravillosamente bien como corresponde, con los problemas económicos y de soledad de la protagonista resueltos. Por mi lado, salgo del teatro con mi hija, tomo un taxi y volvemos a casa. Preparo la cena, le pongo el DVD de la película como era de esperar, la acuesto con el arrorró y vuelvo a la cocina a lavar los platos. Es entonces que caigo en mi rotunda realidad y afloran las emociones de soledad y tristeza. Me pregunto qué estarán haciendo esos dos papás solos que vi con sus hijas en el teatro. ¿Las habrán dejado con la mamá y ellos habrán salido, o estarán también cenando una pizza de a dos? Y las familias "completas", ¿estarán disfrutando realmente de un sábado en familia o cuando los hijos se duermen, sobrevuelan los reproches, los sueños no cumplidos o el conformismo porque al menos no están solos? Por suerte no necesito tener ninguna de esas respuestas. Y no por suerte, sino por decisión, tengo en el corpiño (porque está pegado al corazón, no por otra cosa) las herramientas recientemente aprendidas. Así es que dejo que las emociones afloren, las saludo con una lágrima, las abrazo y las acobijo al igual que hice con mi hija hace un rato, y me siento a escribir. Y ya no estoy más sola. Sé lo que quiero (que no es poco!) y no tengo la menor idea de cómo voy a conseguirlo. Y eso es precisamente lo que hace que mi aventura sea tan emocionante.
¡Hasta la próxima!
No hay comentarios:
Publicar un comentario