jueves, 29 de marzo de 2012

Despertando la creatividad

Por estos días, mi camino me está llevando a revisar las emociones estancadas de mi infancia y a conectarme con mi niña interior. En cada meditación activa sobre mi elíptico, me conecto con la niña que fui a partir de recuerdos de fotos que poco a poco cobran vida. ¡Cómo me gustaba hamacarme en el jardín de mis abuelos y cantar al mismo tiempo! Podía pasarme horas allí...   Empiezo a amigarme de a poco con esa parte de mí, y ella me ayuda a recuperar la alegría y el disfrute de cosas tan simples como mover el cuerpo y hacer morisquetas (y en la seguridad de mi cuarto, solo con las plantas y algún gato de testigo, dejarme llevar me resulta muy fácil...!). Mi niña interior me está devolviendo espontaneidad y me ayuda además a conectarme mejor con mi peque de cinco años. Y entre ayer y hoy, el fruto de esta conexión se tradujo en una situación muy concreta.

Entre chakra y chakra, me encontré reflexionando sobre el hecho de que a mi hija no le gusta que la despierte a la mañana para ir a la escuela. La pone de muy mal humor, cosa que desata en mí emociones encontradas de enojo, ganas de dejarla dormir y fantasías sobre escolarizarla yo en casa con tal de ahorrarnos ese momento tan incómodo. Una versión antigua de mí habría decidido que todos los niños pasan por eso, que es natural, que se tienen que acostumbrar a las durezas de la vida, bla, bla, bla. Pero ahora mi conciencia está más expandida y no acepta los rigores sociales así sin más. Hay que buscar alternativas para vivir con más alegría cada momento del día, incluso cumpliendo con los rigores sociales.

Fue así que anoche mientras cenábamos, le pregunté de qué forma tendría que despertarla para no enojarla, y esperé su respuesta. Primero me dijo que simplemente le hiciera un mimo, que no le hablara hasta que ella me avisara. Entonces le conté que cuando yo era chica, me molestaba MUCHO el "pip pip" de los despertadores, y que ahora me gustaba despertarme con música tranquila y alegre (en este momento, mi música para despertarme es interpretada por la dulce voz de una amiga que canta divinamente). A raíz de eso, a Anni se le ocurrió que le encantaría despertarse con una canción inventada y cantada por ella misma (¡lleva la artista en el alma...!). Le pregunté cómo sería esa canción, y le surgió naturalmente algo muy tierno y simpático. Enseguida tomé el celular y se la hice grabar (claro que el chiche le encantó y grabó dos o tres canciones seguidas), y quedamos en que hoy la despertaría con un mimo y su canción.

Ya lo adivinaron, ¿no? Funcionó de maravillas. Se despertó contentísima, desayunó y se vistió para la escuela con una sonrisa. Es más, mientras le preparaba el desayuno, se las ingenió para grabar otra canción en mi celular. 

Esta pequeña hazaña me da una gran satisfacción, me muestra que todo lo que estoy aprendiendo y experimentando puede traducirse -con un poco de creatividad y mucha onda- a cada momento del día por más rutinario que sea. Que quedarse en el "qué le vamos a hacer", "todos lo sufrimos" no tiene por qué seguir siendo así si no quiero (¡y NO quiero!).  Después de todo, ya tengo entendido que la misión que nos une a todos es la de experimentar "disfrutando el proceso", y por mi parte, cada vez más convencida y comprometida, poco a poco lo voy logrando.

¡Hasta la próxima!

domingo, 25 de marzo de 2012

Intentando "no hacer"

En un domingo que prometía ser muy tranquilo, me propuse poder pasar un rato "sin hacer nada". Como todo este trabajo de despertar la conciencia a veces me pone un poco ansiosa (quiero despertar de una vez, y ya, suficiente remoloneo!!), sé que el desafío más inmediato es relajarme, soltar, y (disculpen, pero traductora y todo, la palabra que sigue no tiene una traducción que me satisfaga) surrender. ¿Qué tan difícil podía ser?

Arrancó la mañana tempranito, 7:26 para ser exacta, con mi peque exigiendo el desayuno. Logré estirarlo hasta las 8. Una hora y media más tarde, mi hija estaba muy entretenida descubriendo sus habilidades de diseño en la PC, así me pareció buen momento para practicar la quietud un rato. Mi única idea era meterme en la cama y resistir todos los "tengo que" y los "debería". Debo haber durado unos diez minutos, de los cuales cinco me entredormí, ya que una hija no puede ver que mamá no está haciendo nada y hay que ir a saltarle encima!! Luego de un rato de juegos, me aboqué a varios "tengo que", luego el almuerzo, una ducha, y a eso de las 3 de la tarde creí que otra vez tenía mi oportunidad de "no hacer". Nuevamente el intento duró cinco minutos, por motivos muy similares al anterior. Y así siguió la tarde, hasta que finalmente, con mi hija en la bañera jugando tranquilamente, dije: "¡Ahora sí!". Y volví a intentarlo. Esta vez duré unos quince minutos, pero debo reconocer que me dormí, así que no sé si cuenta como "no hacer nada". De todas maneras, en algún momento reconocí que tengo muy arraigada la idea de que estar en constante hacer es lo que "está bien" y que eso de alguna manera le suma valor a mi persona. Con lo que vengo aprendiendo, hoy considero que eso es una verdadera tontería. 

Es así que llegada la noche, con mi hija ya durmiendo, en lugar de no hacer nada me puse a escribir (que es mucho más sencillo que estar quieta), y en pocos minutos más, ya estaré durmiendo. Mi conclusiones: 1) Es muy difícil para mí "no hacer nada". 2) La dificultad del reto me indica que es algo que debo aprender (y ahí va el bendito "debo" otra vez). 3) La próxima vez que lo intente será cuando esté sola. 

¡Hasta la próxima!


sábado, 24 de marzo de 2012

Buenos Aires y tambores


Por diversos acontecimientos, toda la semana que pasó tuve muy presente a mi Bella Buenos Aires, ciudad que me vio nacer, luego partir, y que más adelante volvió a recibirme (quedaría muy poético decir “con los brazos abiertos”, pero la verdad es que me cobró el derecho de regreso). Cada día estoy más alerta a todo lo que esta ciudad mía me brinda y cuánto me cuida en el lugar que hoy ocupo; y este día tuve la dicha de sentir sus latidos en todo su esplendor.

Partimos con unas amigas con rumbo a una convocatoria a reunir 8000 tambores a orillas del río. Una de ellas, generosamente, llevó instrumentos para todas. Llegamos puntualmente al mediodía, y un rato más tarde se dio comienzo a la ceremonia dispuesta en un gran círculo. El clima estaba a punto, el cielo, diáfano; el sol acariciaba; el río, sereno; y el suelo tan fresco y suave que nos invitó a descalzarnos (incluso a mí, que nunca lo hago por miedo a pincharme con algún abrojo). En un momento empezamos todos a tocar nuestros tambores, maracas, cascabeles, maderitas. Algunos, -corrijo- algunas prefirieron danzar en el centro. El ritmo empezó intenso y casi parejo. Fue acelerándose hasta que naturalmente cada uno fue encontrando su ritmo y en el conjunto todo sonaba armonioso. En un momento dejé de tocar, cerré los ojos y me concentré en escuchar (recuerdan que escuchar es una lección que de tan sabida practico poco). Todos esos tambores eran como el eco de mi corazón, que resonaba con los latidos de la Tierra que sentía en las plantas de los pies. Había mucha emoción y alegría en el ambiente. Los curiosos que se acercaban quedaban varios minutos detenidos. Toda la situación me resultaba extrañamente familiar, recuerdos ancestrales de muchas ceremonias similares. Luego de una hora y media, los tambores fueron silenciándose para darle lugar a nuestras voces, en cánticos dulces y suaves que culminaron con palmas y aplausos. El broche final, tras agradecerle al Río de la Plata, fue entonar todos juntos “Mi Buenos Aires querido”.

En este camino, de a ratos tan solitario, es reconfortante saber que somos muchos los corazones que latimos en sintonía. Y cuando esa sintonía es compartida por el latido de la Tierra de la ciudad que habitamos, no puede haber confirmación más contundente de que traer el Cielo a la Tierra ya está sucediendo.

¡Hasta la próxima!

jueves, 22 de marzo de 2012

¿Ego o intuición?


¡Qué difícil aprender a discernir cuándo intervenir y cuándo hacerse a un lado! Sobre todo cuando el impulso de intervenir surge de la voz de la intuición… ¿O será el ego disfrazado de intuición?

Estaba yo una noche muy tranquila y conectada con una lectura sobre los niños y el despertar de la conciencia, cuando la mente me llevó a una persona muy querida a quien “sentí” que debía enviarle el link de lo que estaba leyendo. En este caso, “persona muy querida” = “primer novio de la adolescencia que hace 15 años que no veo” (cómo tengo su e-mail y cómo sé que el link era relevante no vienen al caso). Enseguida de haber sentido “que se lo tenía que enviar”, también sentí que mejor no, que no tenía nada que ver, que qué iba a pensar… Pero como en esos días estaba analizando el par de opuestos amor-miedo, terminé por decidir que esa segunda voz era mi miedo a que él me mandara al demonio (no es que me complique escribir “carajo”, es simplemente el defecto profesional de escribir en “español neutro”), razón por la cual elegí el “amor” y el riesgo al rechazo (después de todo, yo había escuchado a mi intuición que decía que debía enviárselo, ¿no?). Y allí salió el mail, guiado por mi súper y despierta intuición!

Hace un rato llegó la respuesta. Fue una mandada al demonio muy cariñosa, más bien del estilo: “no puedo recibir estos mails, disculpame”. Era de esperar, estaba preparada para eso. Pero entonces, ¿no había sido mi intuición? ¿Habría sido mi ego que quería la satisfacción de sentirse el alma salvadora de pobres y ausentes? Hoy debo agachar la cabeza y asentir. ¡Ah! Y perdonarme, por supuesto.

Es así que por el momento, he decidido hacerle caso a mi intuición cuando me indique MI camino, y esforzarme por no intervenir en el camino ajeno a menos que me lo pidan expresamente. Sé que no es poco lo que me he propuesto, pero voy a estar alerta para evitar al menos la mitad de los consejos no solicitados. Después de todo, es casi lo mismo que discernir cuándo hablar y cuándo callar, y esa lección sí que ya está aprobada, ¿no? ;)

¡Hasta la próxima!

miércoles, 21 de marzo de 2012

¿Emoción o sentimiento?

Hace pocos días leí una diferenciación que me resultó interesante entre las emociones y los sentimientos. Una emoción es una sensación que se percibe en el cuerpo, que nos desestabiliza, nos saca de nuestro centro; fundamentalmente, es una reacción a algo que no entendemos, algo así como la "explosión de un malentendido". Ejemplos comunes de emociones son el enojo y el miedo. Los sentimientos, por otra parte, son "susurros del interior" que percibimos cuando estamos serenos y que son difíciles de ubicar en un lugar específico del cuerpo. Dentro de ellos están el amor y la alegría.

Las emociones deben reconocerse, aceptarse y sanarse para evitar que se alojen en un lugar que lastimen, ya sea a otro o a nosotros mismos. La propuesta es reconocerlas y aceptarlas en todo su esplendor y dejar que sanen "a la luz de la conciencia". Todo maravilloso, el asunto es ponerlo en práctica.

Pues bien, como era de esperarse, la oportunidad de practicar la teoría no se hizo esperar. Ayer estaba yo muy tranquila, cuando un email de trabajo desató en mí todo tipo de emociones muy fuertes. El temblor físico empezaba poco más arriba de los tobillos y llegaba hasta los muslos. El corazón se me había acelerado, el cuello y los omóplatos se tensaron también. En mi cabeza empezaron a surgir respuestas hipotéticas cargadas de enojo y de la necesidad de "tener razón" (yo siempre tengo la razón, claro, igual que vos, seguro). Así fue que decidí observar todo lo que me estaba provocando ese email (por eso puedo contarlo con tanto detalle). Empecé a buscar la raíz de mi reacción, y como pueden suponer, nunca es una raicita pura y evidente, sino más bien una madeja enredada de raíces que hay que ir desatando con mucha paciencia y amor (amor por mí misma, claro, aunque en parte de la madeja había una gran cuota de desvalorización). Si bien todas las sensaciones físicas seguían muy presentes, mi enojo con la pobre india que pretendía que yo trabajara a la hora que mi hija vuelve del colegio o que en su defecto trabajara toda la noche por muy (¡pero MUY!) poquita plata cedió. Logré sentir compasión por mis colegas que cumplen turnos que cubren las 24 horas, probablemente por poca plata también, a pesar de que mi misión actual sigue siendo sanarme y respetarme. Entonces le respondí amablemente que no podía cumplir esa tarea en ese tiempo, pero que hoy a las 8 am ya estaría disponible otra vez. Cerré los ojos y presioné "Enviar" con luz y amor. Y seguí trabajando con mi manojo de emociones, porque claro está, al haber hecho lo que yo sentía que era lo adecuado para mí, se sumaba el miedo feroz de que "nunca más" me mandaran trabajo (algo bastante exagerado de mi parte si considero que me mandan trabajo desde hace ocho años, pero les aseguro que el miedo estaba igual, rechinando en todo mi cuerpo). Y ahí seguían mis emociones tironeándose entre ellas. Me quedé quieta, cerré los ojos, respiré con conciencia y desenmarañé todo lo que pude hasta que solo quedó algo de tensión en la espalda. Lo que había leído decía que hacer conscientes las emociones bastaba para sanarlas. ¿Habría funcionado?

La comprobación no tardó en llegar. Esta mañana, mientras me preparaba para ir a dar una clase, llegó otro email que pedía que hiciera algo "de inmediato". Esta vez la emoción fue muy leve (¿cómo se les ocurre pedirme algo cuando tengo que salir?), y con toda amabilidad y con un real sentimiento de amor y respeto por quien solo estaba haciendo su trabajo, le respondí que podría hacerlo un par de horas más tarde. ¿Y saben qué? Me esperaron. ¿Y saben otra cosa? Más tarde me asignaron dos proyectos más, a hacer durante el día, mientras mi hija estaba en la escuela.

Seguramente esta será una lección con muchos exámenes parciales. De todas maneras, pienso hacer todos los méritos posibles para "promocionar" la materia y zafar del examen final.

¡Hasta la próxima!

martes, 20 de marzo de 2012

Volver a casa

Desde que tengo memoria en esta vida estoy buscando "volver a casa". Quizá sea porque de niña me mudaron tantas veces que llegó un momento en el que -aún en la seguridad de mi propio cuarto de adolescente-sentía una voz muy intensa que gritaba: "Quiero ir a casa". Ese grito volvió a intensificarse cuando me separé en medio de mi embarazo. Luego, dando pasos de bebé como me enseñaba la vida, fui reconstruyendo "mi hogar" con la ayuda de las risas y los llantos, las danzas y los berrinches, la inocencia y la profundidad de mi bella hija.

Hace pocos meses, casi sin motivo externo aparente, un vacío volvió a inundarme. Recuerdo estar sentada en medio de la inmensa cama, sintiéndola como una isla desierta olvidada en el anchísimo océano, en la más profunda oscuridad (aunque no sé si era de noche), y no poder parar de llorar. La sensación era la de haber perdido la capacidad de escuchar mi voz interior. Me sentía aturdida por voces externas, esas que decían saber mejor que yo cómo vivir o "resolver" mi vida. ¿Qué disparate más descabellado es ese? ¿Con qué autoridad? Probablemente la que les daba yo...

A partir de ese momento emprendí el camino de redescubrir mi voz, a mirarme con aceptación y amor absolutos (¡no siempre es fácil!) y a encontrarme con quien soy y con lo que quiero. Buscando mi voz, a veces surgen palabras, colores, dibujos, canciones. No juzgo, lo acepto y lo expreso, en el idioma que surjan :)

Este blog simplemente pretende recopilar algunas de mis experiencias surgidas de las prácticas de todas las enseñanzas que voy encontrando en mi camino, esas que resuenan en mi alma y que voy aceptando, rechazando y modificando a mi manera. La vertiginosidad de este tramo del camino me urge a registrarlo de algún modo.

Si mi experiencia le aporta algo a tu camino, bienvenido :)

Hasta la próxima,

Carolina




lunes, 19 de marzo de 2012

Despertando al silencio en el bullicio de la ciudad

¿Cómo despertar la conciencia en medio de la ciudad? ¡Qué sencillo tener experiencias místicas durante un viaje o en un momento de absoluto silencio! ¡Y qué sensación de paz y armonía con todo el universo! Pero ¿cómo tener experiencias igualmente reveladoras en medio del ruido de la ciudad? ¿Cómo estar alerta y despierta cuando hay fechas límites que cumplir, platos que lavar, compras que hacer, hijos que atender y "cucos" que alejar? Se me hace evidente que mi tarea es descubrirlo por mí misma. Así es como repaso los recursos a mi disposición y algo surge.

Por ejemplo, tengo en casa un elíptico para hacer gimnasia al que le doy uso diario, no como perchero, sino como máquina que me aguanta mientras medito activamente. Sí, más allá de los beneficios de la quietud para meditar, nací en Argentina, no en la India, y vivo en pleno corazón de la Capital Federal, no en un cerro cordobés. Así que hago meditaciones activas (mi variación personal de las de Osho ;), de unos cuarenta minutos diarios (de paso quemo algunas calorías, ya que este cuerpito tiene que durar sano muchos años si va a entrar pronto en la quinta dimensión...!). Con la música o el silencio que me inspire el día, me transporto rápidamente a algún lugar que necesita sanación o repaso algo que haya leído la noche anterior. A veces hasta cuelgo un mandala delante (y ahora que me permití dibujar y pintar, reconozco que a mí me gustan mis creaciones, y con eso me alcanza) para que aporte a la inspiración. Muchas veces lloro, me emociono o canto (como salga, recuerden que mis piernas van a la velocidad de... Bueno, ¡de mis piernas...!) y le sonrío a mis plantas y a algún gato vecino que queda atónito con "la loca del 1°".

Es reconfortante sentir que aunque el día por delante esté lleno de tareas y obligaciones, lo empecé poniéndome primera en la lista (segunda, bah, primero alisté a mi hija para ir a la escuela) y conectándome con mi voz interior y mi más profunda inocencia.


¡Hasta la próxima!

domingo, 18 de marzo de 2012

Tarde en el parque

Aquí estoy, en un claro de Recoleta, en un lugar que encontré justo para mí. Me tiendo boca arriba y descubro que la rama de un árbol me dibuja una sonrisa. Más allá, en la cima de otro árbol muy verde y muy alto, una flor rosada se sienta, segura de que ése es su lugar. Los mosquitos me hacen estar muy alerta del aquí y ahora (¡gracias!), y me pongo a escribir. Suenan los pájaros, pasan los autos, se deslizan las patinetas.

Mis vecinos de plazoleta está todos de a dos, en parejas románticas o de amigos. A simple vista, soy la única valiente que se aventuró sola. Los solitarios caminan, no se detienen.
Una hormiga sube a mi cuaderno con su carga. Confundida, se apresura, baja y sigue su camino por territorio conocido. Me río con ganas. Les agradezco que compartan su lugar conmigo esta tarde.

¡Ah, la contradicción de la dualidad! Mientras disfruto este momento, siento a la vez ganas de correr a mi computadora a volcar mis pensamientos. 'Relajate, Carolina, disfrutá el presente!' 
Y lo hago.

Ser como el árbol



Doy y recibo como un árbol. Él da sombra, respaldo, sostén, oxígeno, abono, pureza, color, solidez, flexibilidad, alimento, sanación. A la vez recibe luz, calor, agua, tierra donde ser, amor, admiración, respeto, aire, vida, canción. De la misma manera, tomo de cada ser lo que tiene para ofrecer que suma a mi alma; y entrego mi ser para que cada uno reciba lo que le sume y lo ilumine. Con todo el amor y los miedos que se cuelan, con todo mi ser. Carolina.