Por diversos acontecimientos, toda la semana que pasó tuve
muy presente a mi Bella Buenos Aires, ciudad que me vio nacer, luego partir, y
que más adelante volvió a recibirme (quedaría muy poético decir “con los brazos
abiertos”, pero la verdad es que me cobró el derecho de regreso). Cada día
estoy más alerta a todo lo que esta ciudad mía me brinda y cuánto me cuida en
el lugar que hoy ocupo; y este día tuve la dicha de sentir sus latidos en todo
su esplendor.
Partimos con unas amigas con rumbo a una convocatoria a reunir 8000
tambores a orillas del río. Una de ellas, generosamente, llevó instrumentos
para todas. Llegamos puntualmente al mediodía, y un rato más tarde se dio
comienzo a la ceremonia dispuesta en un gran círculo. El clima estaba a punto,
el cielo, diáfano; el sol acariciaba; el río, sereno; y el suelo tan fresco y
suave que nos invitó a descalzarnos (incluso a mí, que nunca lo hago por miedo
a pincharme con algún abrojo). En un momento empezamos todos a tocar nuestros
tambores, maracas, cascabeles, maderitas. Algunos, -corrijo- algunas prefirieron
danzar en el centro. El ritmo empezó intenso y casi parejo. Fue acelerándose
hasta que naturalmente cada uno fue encontrando su ritmo y en el conjunto todo
sonaba armonioso. En un momento dejé de tocar, cerré los ojos y me concentré en
escuchar (recuerdan que escuchar es una lección que de tan sabida practico
poco). Todos esos tambores eran como el eco de mi corazón, que resonaba con los
latidos de la Tierra que sentía en las plantas de los pies. Había mucha emoción
y alegría en el ambiente. Los curiosos que se acercaban quedaban varios minutos
detenidos. Toda la situación me resultaba extrañamente familiar, recuerdos
ancestrales de muchas ceremonias similares. Luego de una hora y media, los
tambores fueron silenciándose para darle lugar a nuestras voces, en cánticos
dulces y suaves que culminaron con palmas y aplausos. El broche final, tras
agradecerle al Río de la Plata, fue entonar todos juntos “Mi Buenos Aires
querido”.
En este camino, de a ratos tan solitario, es reconfortante
saber que somos muchos los corazones que latimos en sintonía. Y cuando esa
sintonía es compartida por el latido de la Tierra de la ciudad que habitamos,
no puede haber confirmación más contundente de que traer el Cielo a la Tierra
ya está sucediendo.
¡Hasta la próxima!
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