Aquí estoy, en un claro de Recoleta, en un lugar que encontré justo para mí. Me tiendo boca arriba y descubro que la rama de un árbol me dibuja una sonrisa. Más allá, en la cima de otro árbol muy verde y muy alto, una flor rosada se sienta, segura de que ése es su lugar. Los mosquitos me hacen estar muy alerta del aquí y ahora (¡gracias!), y me pongo a escribir. Suenan los pájaros, pasan los autos, se deslizan las patinetas.
Mis vecinos de plazoleta está todos de a dos, en parejas románticas o de amigos. A simple vista, soy la única valiente que se aventuró sola. Los solitarios caminan, no se detienen.
Una hormiga sube a mi cuaderno con su carga. Confundida, se apresura, baja y sigue su camino por territorio conocido. Me río con ganas. Les agradezco que compartan su lugar conmigo esta tarde.
¡Ah, la contradicción de la dualidad! Mientras disfruto este momento, siento a la vez ganas de correr a mi computadora a volcar mis pensamientos. 'Relajate, Carolina, disfrutá el presente!'
Y lo hago.
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